jueves, 5 de agosto de 2010

Ni martes ni carnaval.



Jueves. Agosto. 5:00PM. Una hora como otra cualquiera, un día como otro cualquiera, una vida como otra cualquiera. Nubes. Amago de tormenta. Sí pero no, justo igual que yo.

Me oculto del reflejo del espejo que podrías ser mirándote en mis ojos. Paseo la mirada por la barra sucia, sobre las mesas, entre las tazas de café y las sillas. Escondo la tristeza tras la máscara de superficialidad y lejanía que tan bien manejo; tras la superioridad que estoy tan lejos de sentir. Me miras dulcemente y me pregunto qué necesito para ser capaz de apreciarlo. Qué error hay en mí para no amar esa sonrisa y esos ojos extasiados en mi indiferencia.

Hago un esfuerzo por recordar cuándo la máscara, tan querida, tan protectora, tan familiar, tan insensible ocupó mi lugar; por qué lo ocupó; para qué lo hizo. No consigo recordarlo y quizás sea lo mejor. Tal vez sólo necesite saber dónde acaba para adivinar, presentir, intuir dónde comienzo yo. Los bordes son difusos, están entremezclados a trozos, tan separados otros que cómo reconciliarlos sin confundirme.

Empiezo a quedarme sin excusas, el restaurante ya está vacío, los camareros se han retirado a un lugar fuera de mi ángulo de visión. Sé de memoria las botellas que hay al frente, tras de tí. Doce de vino tinto en cuatro filas de a tres. Otras doce de blanco. Cuatro de rosado. Algún champaña (¿o será cava?). Y en primer plano tú. Sigues sonriendo. No quiero mirarte a los ojos e intento hacer eso que dicen los manuales de comunicación: mirar un punto indefinido en el triángulo entre la nariz y las cejas. Parece que surte efecto porque ahora te sonríen las comisuras de los ojos (¿tienen comisuras los ojos? ¿por qué han de tener comisuras sólo los labios?). Aparto veloz la mano de sobre el mantel al adivinar con un segundo de antelación el movimiento de las tuyas.

Sigo la conversación, no dejo que decaiga, si acaba un tema empiezo otro y tú haces lo mismo. Lo mío pura estrategia, tú, como siempre, pura naturalidad. Te ves tan feliz. No quiero mentir ni mentirte. No quiero sentirme sucia ni mancharte. Deseo arrancarme esta maldita máscara y decirte empecemos de nuevo. Hola, soy María. Lo hago en mi cabeza y las palabras son tan fluidas como la conversación, pero al llegar a la garganta…es la máscara quien toma las decisiones. De pronto me asaltan las dudas ¿y si sólo ves de mí la máscara? ¿y si es lo que no soy lo único en mí que aprecias?. Cómo explicarlo, cómo explicarme, cómo explicarte.

Comienza a llover. Salimos y sonríes. Abres el paraguas para cubrirme y te mojas y sonríes. Mientras conduces (-mientras manejas, dices, con esa voz profunda y ese acento dulce que -según tú- me enloquecen y me haces sonreír-) sonríes. Posas un beso tan tierno como tú en mi mejilla y tras los labios se adivina la sonrisa. Dices hasta mañana y eres el vivo reflejo de la felicidad.

Yo soy mentira, y lo sé, pero tu alegría es tan real y hace tanto que nadie se alegraba por mi simple presencia que me resisto a desprenderme del escudo. Seguiré disfrazada un día más. Quizás mañana pueda, sepa, me atreva, aprenda. Hoy, simplemente, no.

Belle en la sombra©

5 comentarios:

Helio dijo...

María, me pones los pelos de punta,es tan bello que duele.

Belle dijo...

Gracias,Helio. Cada día estoy más segura de que me lees con bellos ojos, eso pone lo que de bueno falta.

Un abrazo,y gracias por tus solitarios paseos por la sombra.

Anónimo dijo...

bonico y gueno

Anónimo dijo...

Muy profundo Belle
siempre me llegas hasta el corazon

Enfero Carulo dijo...

Precisión dardiana, aún diría más...
;-)